SI hay un sitio donde está justificado que ondee la bandera española, ése es Cádiz. El alcalde de la ciudad, representante de esa ‘nueva política’ que en realidad es muy vieja, y que ya está presente en todas las grandes ciudades, comete un error si no la repone, no por patrioterismo simplón, sino por lo que significa Cádiz. La nación española nace en Cádiz, las libertades ciudadanas que hoy disfrutamos son de Cádiz. La soberanía popular, germen del sistema democrático, ve sus primeros días de luz bajo el cielo gaditano de 1812. Toda Hispanoamérica es Cádiz. La española es la bandera de la Cádiz asediada por el franchute, la que aguantaba izada mientras era bombardeada. La bandera de tantos gaditanos buenos, también del amado Salvoechea, valiente en una Andalucía sumida en la miseria, sobre todo la campesina, que era la mayor parte de Andalucía. La bandera nacional no es sentimentalismo o emoción, pueden serlo, pero no es sólo eso. Es sobre todo el significado de nuestras libertades, de la igualdad, del reconocimiento de los derechos ciudadanos. Si renunciamos a ella, lo hacemos a lo mejor de nuestro proyecto común. Cuando durante la II República, la discordia política y social emergió con fuerza, construimos un país de unos en contra de otros, patrimonializando símbolos y sentimientos. La izquierda, hasta entonces con fuerte conciencia nacional, desertó del proyecto común, y la derecha se apropió de algo que nunca le perteneció en exclusiva. El consenso del 78 fue la fórmula más audaz conocida de superar las diferencias y subrayar las coincidencias, que una nación moderna ha puesto en práctica en el pasado siglo. Cádiz es libertad, esa es la verdadera bandera de nuestros padres, a la que debemos lealtad: el símbolo de la decidida voluntad de construir juntos. El sectarismo es siempre un mal camino.

Publicado en Diario de Jerez el 22.06.2015.-

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