El viernes pasado estuve en el acto de Graduación de la mayor de mis hijas, María, futura psicóloga, en la UCA. Un escenario perfecto- la antigua fábrica de tabacos de Cádiz-, organización cuidada, algún discurso prescindible, emotivo para los universitarios y un talentoso coro que entonó al final el Gaudeamus Igitur. Al inicio, el coro cantó el Gospel “Oh Happy Day”. Muy americano. Por un momento pensé que en el escenario aparecería Whoopi Goldberg en plan Hermana Mary Clarence. Durante la interpretación pensé en la distancia de ambos sistemas educativos. Si cogemos el ranking de las 500 mejores universidades del mundo, el resultado es inquietante. Las 100 primeras la copan las americanas e inglesas. El mundo anglosajón está en cabeza. La Pompeu Fabra-primera española- en el puesto 165. Las dos siguientes, también de Barcelona más allá del 200. Madrid, a partir del 300. El resto, casi ni aparece. No conozco ninguna universidad americana, y sería una osadía calificarlas. Lo que sí sé es que la Universidad nació en Europa, en España alguna de las primeras. Hemos acumulado oficio, y no se nos nota. Desde la Escuela de Madrid, en los años 30, no conocemos una edad de oro en la universidad española, y aquello fue un hecho aislado, glorioso, pero aislado: Ortega, Morente, Zubiri, Gaos y tantos otros en las más diversas disciplinas. Hemos dejado de buscar el talento, de premiar la meritocracia, el esfuerzo intelectual, el rigor. Para colmo, cuando sacamos buenos investigadores, los exportamos. A cambio, hemos llenado la universidad de política, de igualitarismos absurdos, del falso debate entre lo público y lo privado, de mediocridades infames. Si el único objetivo fuera la búsqueda y desarrollo de los talentos personales, en unos años nos colocaríamos entre las 100 primeras. Y en unas décadas, quien sabe.

Publicado en Diario de Jerez el 29.06.2015.-

UCA

Anuncios