El reconocido abogado y columnista de Diario de Jerez –especialista en la obra de José Ortega y Gasset y Julián Marías‐ Manuel Pareja Aparicio protagoniza una nueva sesión del ciclo ‘Diálogos en Bodegas Álvaro Domecq’ incluido en la programación cultural Cultusema

 

Diario de Jerez acertó sobremanera otorgándole una pública columna de opinión semanal. ¿Es Manuel Pareja Aparicio un joven prestigioso abogado que asimismo ejerce de prestigiado filósofo de profundo y sesudo conocimiento cultural o un filósofo per se –de condición innata que desempeña la abogacía al hilo de una también innata vocación por la justicia y la libertad del hombre? Sea como fuere aludimos a un intelectual a la antigua usanza que sin embargo extrapola las tesis de Ortega y Gasset o Julián Marías, verbigracia, a la actualidad crujiente del siglo XXI. De ambos pensadores es un consumado conocedor–especialista hasta el extremo de ubicarlos en la cima del doctorado en el que también anda inmerso‐. Pareja chorrea cultura a raudales. Al modo de los siete sabios de Grecia. Sencillo de formas, humilde de carácter, magnánimo de personalidad. Da en el clavo de la exploración sociopolítica así como, antaño, Lázaro Carreter en el centro de la diana del dardo en la palabra. Pasma –por inacostumbrada‐ su erudición, la expansiva envergadura de una sapiencia asida al amor –casi fetichista por los libros. No representa ningún insurrecto frente al Sistema, más bien muy al contrario: pensador que distribuye y redistribuye fundamentaciones sociológicas en una suerte de recuperación del hombre selecto o de minorías que precisamente propugnaba Ortega en ‘La rebelión de las masas’. Para mí tengo que Pareja debe ocupar diversas tribunas de oradores por acá y por acullá. Sus postulados recrecen referenciales. Ha protagonizado una nueva sesión del ciclo ‘Diálogos en Bodegas Álvaro Domecq’, enmarcado en la densa programación cultural CULTUSEMA coordinada por MAV‐Comunicación. He aquí el contenido de esta interesantísima entrevista.

 

 

Comencemos, Manuel, por algunas frases entrecomilladas parafraseando a un excelso filósofo. Dicen sus aseveraciones así: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Este su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”. O esta otra: “La imaginación es el poder liberador que el hombre tiene”. O la siguiente: “El hombre

selecto o de la minoría no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más. No se trata de clases sociales sino de clases de hombres. Masa es el hombre medio”. Todas las frases pertenecen al supremo ensayo ‘La rebelión de las masas’ de José Ortega y Gasset. ¡Cuánta vigencia la de Ortega al tenor de nuestros días! ¿No cree usted?

 

‐ Completamente de acuerdo, querido Marco. Ortega supo ver como ningún otro intelectual del siglo XX hacia donde se dirigía el mundo, el papel del hombre en la sociedad. Acertó en el diagnóstico, propuso ideas innovadoras en el pensamiento filosófico, en el aporte intelectual que toda sociedad necesita de los mejores hombres, de los más capaces, como fueron tantos de

aquella generación y la precedente (Unamuno, Giner, el propio Ortega, etc…) Y en el caso español, avisó de la discordia, de la politización de la vida social, de su polarización, ingredientes imprescindibles donde se cuece el hombre‐ masa, que afectó de una manera irreversible al torso de la nación. Hoy, en cierta medida, seguimos pagando las consecuencias de aquella anormalidad. La situación política y social del país está imbuida

de un mal estilo, similar al de aquellos años. Es más grave “lo

que se dice, cómo se dice”, que lo que realmente ocurre. Se ha

politizado gran parte de la vida personal y colectiva de la nación. Hoy, además, no tenemos intelectuales sobresalientes con influencia social‐ que en aquellos años no nos resguardaron a pesar de los avisos‐, dejándonos huérfanos, expuestos al arbitrio de un relativismo aún mayor que el de aquella época.

Aun así, hay que ser optimista; el hombre es proyecto, anticipación, y en ese espíritu cada uno debe aportar su grano

de arena para la construcción de una sociedad mejor.

 

Sabemos a ciencia cierta que usted es un firme defensor de la familia. De la familia educada además en valores cristianos. ¿Qué puede decirnos al respecto?

 

‐ La familia es la institución más valorada. De eso no cabe duda. De hecho, todos los colectivos que hace 50 años denostaban a la familia, hoy la reivindican desde modelos diferentes. Quieren estar integrados. El ser humano es un ser social, y la familia es el punto de partida y el destino que todo ser anhela. El hombre es amor, necesita el amor, y la familia es la referencia. Los valores cristianos, es además, y no sólo en la familia, el aporte definitivo. Occidente se conforma gracias a la estructura del pensamiento griego, que es el embrión de nuestra estructura mental, se enriquece con la organización romana, jurídica, social, del reconocimiento de una ciudadanía incipiente que forma parte de un proyecto común, y que es definitivamente conformada por la Cruz, por el cristianismo. Europa, Occidente, no se entiende sin la Cruz. El hombre pasa de ser un viviente, a

ser “persona”. Este es un concepto netamente cristiano. Cuando

Nietzsche proclama la muerte de Dios, y Europa empieza a secularizarse, el torso cristiano de la sociedad occidental permanece. Nuestros valores de hoy son su herencia. El relativismo, su enemigo, y el siglo XX y lo que llevamos de esta

nueva centuria, un cruce de caminos, una encrucijada, el final de

algo que no termina de acabar y el comienzo de algo que no sabemos que será. La familia cristiana, vivida en verdad, es un

aval para la felicidad humana. El ego, su peor enemigo. Y la sociedad no para hoy de decirnos: aprovecha el momento, busca el placer. Es la cultura de lo instantáneo, que tanta gente infeliz

está dejando por el camino.

 

Familia, hijos, porvenir. También Ortega subrayaba –más bien se preguntaba‐ en ‘La rebelión de las masas’ este trémulo interrogante: “¿Puede hoy un hombre de veinte años formarse un proyecto de vida que tenga la figura individual y que, por lo tanto, necesitaría realizarse mediante sus iniciativas independientes, mediante sus esfuerzos particulares?”. ¿Qué futuro aguarda, qué perímetro de ilusión, de capacidad de emprendimiento, a los jóvenes españoles a día de hoy?

 

 

  • Los jóvenes de hoy tienen unas posibilidades inmensas. Vivimos en la era tecnológica, en la era de la información. Esa es una posibilidad antes inexistente, aunque sus riesgos eran también desconocidos. El nivel de progreso, de comodidad, de bienestar de nuestras nuevas generaciones, las condiciones de vida actuales, son inmensamente mejores que las de un joven europeo de los años 20 o años 30 del pasado siglo. Vivimos en una sociedad abierta, como afirmaba Popper, con todos los peligros y prevenciones que se quiera, pero con inmensas posibilidades. El joven tiene hoy que superar las dificultades del Estado de Bienestar, que adormece, que atonta, si no estás atento. Nuestros jóvenes, nosotros mismos, hemos nacido con derechos básicos reconocidos, pero no siempre fue así; fueron lentamente conquistados con mucho esfuerzo de nuestros predecesores. Debemos recuperar un poco de ese espíritu de lucha, de conquista de una vida mejor, más justa, no porque por derecho nos corresponda, sino porque obedece a un proyecto común. ¿Qué es la historia de la Nación española, sino un proyecto común de siglos? Decía Julián Marías que la anormalidad con la que el español vive su historia, trae causa de

la ininteligibilidad de nuestra condición. Si nuestros jóvenes

pudieran extraer las lecciones de nuestra razón histórica, el proyecto común, hoy tan cuestionado, sería fermento de un futuro de cotas inimaginable. Piénsese las grandes empresas llevadas a cabo por españoles en nuestra historia, sin apenas medios, sólo revestidas de un espíritu de construcción en común. La tesis doctoral en filosofía política, centrada en la figura de Julián Marías, en la que estoy trabajando, trata de poner en claro, de llevar las cuentas de las posibilidades españolas.

 

A los de seguro numerosos lectores de esta entrevista les interesará –estoy convencido de ello‐ su parecer al respecto de la pérdida de los valores humanos tan desaparecidos por el escotillón del relativismo. Usted es un hombre de valores que además reivindica en sus intervenciones públicas. Díganos…

 

‐ Más que desaparecer, los valores sociales mutan. Y los valores del progresismo actual‐ como concepto político o filosófico‐, son los ropajes del relativismo. Sí, estoy convencido de que hay una parte muy importante de mentira en ese progresismo, que nada tiene que ver con el progreso. El progresismo, la dictadura de esta corrección política, si se me permite la expresión, “idiotiza” al hombre, y eso es lo que más me molesta: que con una excusa bien construida, éste relativismo crea ciudadanos conformes, una única corriente, un pensamiento único. Lo que esté más allá de esa convención artificial, es reaccionario, digno de no ser tenido en cuenta. Lo que más molesta al progresismo es el hombre libre, y lo coarta envolviéndose ella misma en la bandera de la Libertad, que es interpretada desde su exclusivo punto de vista. El progresismo abandera la solidaridad, la tolerancia, pero es la generadora junto al ego salvaje de la Cultura del Descarte de la que habla el Papa Francisco.

 

¿Sería demasiado –al hilo del rompecabezas existente‐ pedirle una opinión, una valoración, al cabo del resultado de las elecciones municipales tanto concretizadas en Jerez como a nivel nacional?

 

‐ Me llama la atención a nivel nacional, y por tanto local, de la falta de conocimiento de nuestro sistema democrático, que es

representativo, parlamentario. Podrá gustar más o menos, se podrán mejorar cosas, pero son las reglas del juego que nos hemos dado, y tenemos que respetarlas. No me gusta que coaliciones de partidos hagan frentes comunes o cordones sanitarios, pero no podemos caer en la trampa de llamarlos ilegítimos. Al hilo de lo comentado con anterioridad, más que las políticas que se hagan desde los Ayuntamientos‐ que son muy importantes‐ me preocupa el ambiente social creado. Si nos fijamos bien, las instituciones funcionan con normalidad, la vida social y colectiva se ha visto mínimamente alterada. Es peor “lo que se dice” que “lo que ocurre”. En la calle, en las redes sociales, en las declaraciones públicas, se desliza un ambiente de discordia, una firme voluntad de no entenderse con el otro. El gobierno no suele contar con la oposición; ésta es un simple no a todo. El descontento social con sus representantes ha generado, y más en tiempos de crisis, una radicalización, en España hacia las izquierdas, en otros países a la derecha. Sería necesaria una reflexión sosegada, pacífica, de la realidad española hoy. Querer

romper el candado del 78, no implica sólo una reforma normativa, o un modelo de estado. Lo problemático es que se quiera romper “el estado de convivencia”. Este periodo constitucional, con todos los peros y fallos que se quiera, ha sido el de mayor prosperidad de la nación española en los dos últimos siglos de nuestra historia.

 

¿En qué estado de salud, de salubridad, se encuentra la Justicia en nuestro país?

 

‐ Es uno de los grandes males de la democracia liberal española.

Decía la Constitución de 1812: “La nación española no es ni puede ser patrimonio de ninguna persona o familia”. Esto se garantiza con la separación de poderes, que en la España Constitucional se la cargó el Gobierno con la Reforma de la Ley del Poder Judicial de 1985. Ninguno de los gobiernos posteriores lo ha mejorado. El actual, lo ha empeorado considerablemente. La Justicia, con mayúsculas, está en manos de los políticos, y por lo tanto su independencia gravemente cuestionada. De su funcionamiento, todo es ampliamente mejorable. Siempre digo que las instituciones recaudadoras en España, la Hacienda, la Seguridad Social, funcionan admirablemente; pero la Administración de Justicia es una de las hermanas pobres. Una justicia lenta, es una inmensa injusticia. También creo necesarias reformas que eviten el colapso de los Juzgados. La vida española, como en el caso de todos los países avanzados sin excepción, se ha judicializado excesivamente.

 

Usted es un muy conocido profesional de la abogacía. Pese a su juventud lleva ya a sus espaldas muchos años de ejercicio. Háblenos de su despacho, de su profesión e incluso de la tesis doctoral en la que además ahora está inmerso.

 

‐ Llevo ejerciendo esta profesión 21 años, y parece que fue ayer, con la misma ilusión que el primer día, habiéndola compatibilizado con otras actividades profesionales y laborales que me han interesado, o que se me han presentado y he podido simultanear. Tengo despacho propio desde el principio, en eso he sido emprendedor, y me gusta tratar a mis clientes de una forma muy personal, cercana, haciéndome cargo en el más estricto sentido de la palabra, de su problema. Eso no siempre es bueno, pues te llevas los problemas de los demás a la cama. Pero es mi condición. El despacho funciona bien, en eso siempre me he sentido privilegiado. Y mi tesis doctoral, como ya he comentado, no es propiamente jurídica, sino más filosófica política que otra cosa. Pero como de la filosofía nacen todas las disciplinas, este trabajo tiene aplicaciones importantes en el desarrollo de mi actividad profesional. Otra de mis aficiones es el periodismo, el mundo de la comunicación. Colaboro con los medios que me requieren con muchísimo gusto.

 

¿Qué desea añadir?

 

‐ Que ha sido un verdadero placer compartir este rato contigo y con los amigos de Bodegas Álvaro Domecq.

 

 

De izquierda a derecha: El gerente de Bodegas Álvaro Domecq José Manuel Anelo, el abogado y columnista de Diario de Jerez Manuel Pareja Aparicio y el coordinador de Cultusema Marco A. Velo.

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